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jueves, 7 de febrero de 2013
martes, 5 de febrero de 2013
¡Y que me voy a Hungría!
Por Elena Campos
Szia!, nem szabad, gyere ide!, köszönöm…
Cuando planeas hacer un viaje al
extranjero, lo primero que te interesa saber es qué idioma hablan, el huso
horario por el que se rige el país, la cultura; infinidad de cosas. Esta
ocasión no fue la excepción. Evidentemente, me di a la tarea de investigar
sobre Hungría. El idioma oficial es el húngaro, una de las diez lenguas más
complejas del mundo. Sin embargo, un porcentaje considerable de la población
habla inglés y alemán. ¡Falso! Muy poca gente habla inglés y los que lo hacen
son jóvenes; he de decir que es más probable encontrar germano-parlantes
–adultos mayores, en su mayoría-. Ha sido bastante complicado y complejo
entender el idioma ya que he de destacar que la gramática, los fonemas, la
escritura y demás son totalmente distintos al español. La primera noche no
dejaba de escuchar Nem szabad –no
está permitido que lo hagas–, Szia!
–¡Hola!–, Köszi –gracias informal– y
podría continuar. No estaba estresada sino lo que le sigue pero mi yo interno
dijo: “Calma… hablan inglés”. Poco a poco he logrado aprender palabras, ideas y
hasta groserías. Diré que existen ciertas palabras –muy pocas- que se asemejan al castellano.
¿Comunicarme con niños húngaros? Es cosa de
otro mundo. En la mayoría de los casos puedo entender la idea general por los
gestos que hacen, de no ser así, mis vocablos se remiten a igen –sí–, nem –no– y nem tudom –no lo sé–; todo depende de la
expresión facial.
Después de veinte horas de vuelo, llego a
Budapest, mi destino final. Mi celular no sirve porque Telcel no tiene una
conexión firme con una gran variedad de compañías europeas. Intento llamar por
teléfono y no logro entender algo. Busco mi maleta y salgo. Encuentro a tres
chicas de AIESEC KVIF esperándome. ¿Qué haces cuando conoces a alguien nuevo?
¡Hi! Das un beso y continúas. Después de un par de días me percaté que debes
dar DOS besos, no uno. Llego a la casa donde iba a dormir mientras empezaba mi
práctica. Sonidos extraños, no lograba distinguir algo. Pasaban mil ideas por
mi cabeza… ¿y si…? Después de un baño, nos dimos a la tarea de salir a visitar
la ciudad de Budapest. HERMOSA. Speechless!
Debo decir que es una de las ciudades que tienen la capacidad de maravillar
tanto al niño de 5 años como al anciano de 80.
¿Sabes? Huele distinto. El Distrito Federal
tiene colores, aromas y ruidos peculiares; Berlín, Praga, Nueva York, Viena y
Múnich también pero ninguna es igual a la otra y he ahí su capacidad de
sorprender. Budapest huele a pan. Sí, huele a mantequilla y a panadería; el
metro, las calles, el tranvía. Es por eso que es reconocida por tener una de
las mejores reposterías/bizcocherías. Evidentemente, como todo el tiempo y me
adapté a una de los hábitos que tienen: untar mantequilla en cualquier cosa.
Después de un par de días, me trasladé a
Biatorbágy, suburbio cercano a Budapest. Tiene una oficina de correo postal –Posta–, una iglesia, una estación de
tren, poco más de 3 mil habitantes y un pequeño mercadillo. En efecto, es
totalmente distinto vivir en los suburbios que en la gran Budapest. Estoy con
una familia húngara que me ha recibido como nunca lo hubiera imaginado. Causa
sensación mi procedencia: ¿México? ¿Qué saben de México? ¿Por qué Hungría?
Parecería una entrevista de trabajo. Es una familia INCREÍBLE a la que debo
agradecerle la hospitalidad, apoyo y cariño brindado. Debo reconocer que no es
lo mismo vivir en un dormitorio estudiantil que con una familia húngara; la
experiencia es totalmente distinta. A mi parecer, más reconfortante la segunda.
Vivo con una familia húngara: vivo como
húngara
En algún momento sentí que conocía ya la ciudad, me sentía parte de ella
y no me causó conflicto alguno el idioma. No sé si era el interés por
experimentar algo distinto o porque en realidad nosotros y ellos no somos tan
diferentes. El dinero me rendía mucho más de lo que debería; un conflicto:
comía todo el tiempo. Exceptuando el jet
lag, no sufrí en absoluto algún tipo de homesickness
o cultural shock. Algo que en
realidad mantenía confundida a mi cabeza era el uso de cinco idiomas al mismo
tiempo. El primer día encontré chicos que hablan alemán, otros inglés, muchos
otros poco inglés, algunos español y un par francés. ¡Ay pero qué presunción!
¡En absoluto! Mi cabeza se mantenía en tal confusión que no lograba mantener
una conversación lineal; es decir, confundía palabras, inventaba otras, intentaba
aprender lo básico de húngaro. Sólo fue cuestión de una semana. He de resaltar
que en algún punto logré entender conversaciones; ellos hablaban en húngaro y
yo respondía en inglés. Peculiar, ¿no? Trataba de encontrar sentido en ese
idioma tan extraño y difícil. Quizás las expresiones faciales y la kinesia me ayudaron a entrar al juego
húngaro. En verdad, no soy espía, no hablo húngaro. Simplemente encontré
relación con el español y en algunos casos con el alemán.
El verdadero cultural shock será cuando regrese a casa y me percate que las
cosas ya no son como solían ser. La gente no espera al cambio de luz para
cruzar la calle, no hay respeto en el transporte público, no hay exactitud, no
hay confianza, sin embargo, esto no se trata de regresar al punto de la
negatividad. La idea general es ser un agente de cambio ya que si empezamos por
nosotros, es fácil cambiar a uno más. No espero que la idiosincrasia mexicana
se modifique en tres minutos ni en un viaje de 56 días pero si pretendo cambiar
yo.

Aprendí muchísimo, conocí gente muy valiosa
que ahora son parte de mí y, evidentemente, no soy la misma persona que llegó a
Budapest el 25 de noviembre de 2012. El objetivo era ese, ¿no?
Por ahora, lo único que puedo decir es Sziastok –adiós a todos– y Köszönöm szépen! –muchas gracias–.
Green Power Now in Beijing
Por Camilo Díaz
Esta experiencia ha sido una de las más importantes de mi vida, pues aprendí demasiadas cosas y tuve una gran cantidad de experiencias que han hecho que cambie positivamente como persona.El proyecto me gustó desde el inicio pues está muy relacionado con mi carrera, además de que profesionalmente es un gran crecimiento impartir clases en inglés. La idea era dar clases sobre temas medioambientales, organizar actividades con los alumnos y discutir con ellos acerca de qué pueden hacer ellos como iniciadores del cambio. En general, los alumnos fueron muy amables conmigo y creo que fue un gran éxito el descubrir que tienen la intención de emprender acciones sustentables. Para las clases, trabajé con dos compañeros de la India y una compañera de Hong Kong. En primer lugar dimos una introducción sobre nuestra cultura; luego platicamos sobre acciones sustentables que se hacen en nuestros países, para al final indicarles cómo ellos pueden emprender sus propios proyectos. Por supuesto, hablamos sobre los problemas ambientales más importantes y la necesidad de hacer un cambio. Las actividades que realizamos con ellos estaban enfocadas a generar ideas en ellos y una actitud de liderazgo.
Tuve la oportunidad de convivir y lograr una amistad con los demás miembros del proyecto, personas de India, Hong Kong, Colombia, Brasil. Si bien trabajamos en equipos asignados a distintas escuelas, algunas veces estuvimos todos juntos, como en el foro medioambiental que tuvimos o durante la Global Village. Tuvimos la oportunidad de salir juntos a muchos lados y conocer los sitios más emblemáticos dentro de la ciudad: el zoológico de Beijing, la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano de los emperadores, Tianmen Square, el Palacio del Cielo, la villa olímpica y el distrito de arte. Por supuesto, visitamos la Gran Muralla y hasta nos dimos el tiempo para ir a esquiar, así como para jugar un partido de futbol (lo cual fue para mí todo una hazaña, ya que estábamos ese día a cinco grados bajo cero). En todas esas salidas se fortalecieron los lazos de convivencia entre nosotros, además de que pudimos aprender más sobre la cultura de nuestros países (como frases en nuestros idiomas, la forma en que celebran sus principales fiestas, o la música que prefieren). Si bien pudimos disfrutar de los sitios turísticos porque no había tanta gente, el frío era demasiado, al menos para lo que yo estaba acostumbrado. Además, una de las partes más difíciles fue pasar Navidad y Año Nuevo lejos de mi familia, pero la parte positiva fue que lo celebré de distinta manera y en compañía de personas con quienes compartí experiencias.
La parte en
que más satisfecho me sentí fue cuando en el último día de clases los alumnos
me agradecieron a mí y a mi equipo el haberles impartido clase, y me dijeron
que les gustaba nuestra forma de abordar los temas. Fue un momento muy
especial.
Las semanas que estuve viviendo en Beijing
fueron sencillamente inolvidables. Fue muy importante contar con el apoyo de los
miembros de AIESEC que nos ayudaban en cualquier situación y orientarnos en la
ciudad (el mandarín es muy complicado, por lo cual estoy muy agradecido con
ellos). Tanto con ellos como con mis
compañeros tengo una gran cantidad de recuerdos agradables. Aprendí a
desenvolverme más en público, a convivir con personas de diferentes culturas,
comprender el ritmo de vida de otros países y sobre todo, aprovechar al máximo
la experiencia de conocer nuevos horizontes.
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