martes, 5 de febrero de 2013

¡Y que me voy a Hungría!


Por Elena Campos

Szia!, nem szabad, gyere ide!, köszönöm…
Cuando planeas hacer un viaje al extranjero, lo primero que te interesa saber es qué idioma hablan, el huso horario por el que se rige el país, la cultura; infinidad de cosas. Esta ocasión no fue la excepción. Evidentemente, me di a la tarea de investigar sobre Hungría. El idioma oficial es el húngaro, una de las diez lenguas más complejas del mundo. Sin embargo, un porcentaje considerable de la población habla inglés y alemán. ¡Falso! Muy poca gente habla inglés y los que lo hacen son jóvenes; he de decir que es más probable encontrar germano-parlantes –adultos mayores, en su mayoría-. Ha sido bastante complicado y complejo entender el idioma ya que he de destacar que la gramática, los fonemas, la escritura y demás son totalmente distintos al español. La primera noche no dejaba de escuchar Nem szabad –no está permitido que lo hagas–, Szia! –¡Hola!–, Köszi –gracias informal– y podría continuar. No estaba estresada sino lo que le sigue pero mi yo interno dijo: “Calma… hablan inglés”. Poco a poco he logrado aprender palabras, ideas y hasta groserías. Diré que existen ciertas palabras –muy pocas- que se asemejan al castellano.
¿Comunicarme con niños húngaros? Es cosa de otro mundo. En la mayoría de los casos puedo entender la idea general por los gestos que hacen, de no ser así, mis vocablos se remiten a igen –sí–, nem –no– y nem tudom –no lo sé–; todo depende de la expresión facial.

25 de noviembre 2012
Después de veinte horas de vuelo, llego a Budapest, mi destino final. Mi celular no sirve porque Telcel no tiene una conexión firme con una gran variedad de compañías europeas. Intento llamar por teléfono y no logro entender algo. Busco mi maleta y salgo. Encuentro a tres chicas de AIESEC KVIF esperándome. ¿Qué haces cuando conoces a alguien nuevo? ¡Hi! Das un beso y continúas. Después de un par de días me percaté que debes dar DOS besos, no uno. Llego a la casa donde iba a dormir mientras empezaba mi práctica. Sonidos extraños, no lograba distinguir algo. Pasaban mil ideas por mi cabeza… ¿y si…? Después de un baño, nos dimos a la tarea de salir a visitar la ciudad de Budapest. HERMOSA. Speechless! Debo decir que es una de las ciudades que tienen la capacidad de maravillar tanto al niño de 5 años como al anciano de 80.

¿Sabes? Huele distinto. El Distrito Federal tiene colores, aromas y ruidos peculiares; Berlín, Praga, Nueva York, Viena y Múnich también pero ninguna es igual a la otra y he ahí su capacidad de sorprender. Budapest huele a pan. Sí, huele a mantequilla y a panadería; el metro, las calles, el tranvía. Es por eso que es reconocida por tener una de las mejores reposterías/bizcocherías. Evidentemente, como todo el tiempo y me adapté a una de los hábitos que tienen: untar mantequilla en cualquier cosa.

Después de un par de días, me trasladé a Biatorbágy, suburbio cercano a Budapest. Tiene una oficina de correo postal –Posta–, una iglesia, una estación de tren, poco más de 3 mil habitantes y un pequeño mercadillo. En efecto, es totalmente distinto vivir en los suburbios que en la gran Budapest. Estoy con una familia húngara que me ha recibido como nunca lo hubiera imaginado. Causa sensación mi procedencia: ¿México? ¿Qué saben de México? ¿Por qué Hungría? Parecería una entrevista de trabajo. Es una familia INCREÍBLE a la que debo agradecerle la hospitalidad, apoyo y cariño brindado. Debo reconocer que no es lo mismo vivir en un dormitorio estudiantil que con una familia húngara; la experiencia es totalmente distinta. A mi parecer, más reconfortante la segunda.


Vivo con una familia húngara: vivo como húngara
En algún momento sentí que conocía ya la ciudad, me sentía parte de ella y no me causó conflicto alguno el idioma. No sé si era el interés por experimentar algo distinto o porque en realidad nosotros y ellos no somos tan diferentes. El dinero me rendía mucho más de lo que debería; un conflicto: comía todo el tiempo. Exceptuando el jet lag, no sufrí en absoluto algún tipo de homesickness o cultural shock. Algo que en realidad mantenía confundida a mi cabeza era el uso de cinco idiomas al mismo tiempo. El primer día encontré chicos que hablan alemán, otros inglés, muchos otros poco inglés, algunos español y un par francés. ¡Ay pero qué presunción! ¡En absoluto! Mi cabeza se mantenía en tal confusión que no lograba mantener una conversación lineal; es decir, confundía palabras, inventaba otras, intentaba aprender lo básico de húngaro. Sólo fue cuestión de una semana. He de resaltar que en algún punto logré entender conversaciones; ellos hablaban en húngaro y yo respondía en inglés. Peculiar, ¿no? Trataba de encontrar sentido en ese idioma tan extraño y difícil. Quizás las expresiones faciales y la kinesia me ayudaron a entrar al juego húngaro. En verdad, no soy espía, no hablo húngaro. Simplemente encontré relación con el español y en algunos casos con el alemán.



El verdadero cultural shock será cuando regrese a casa y me percate que las cosas ya no son como solían ser. La gente no espera al cambio de luz para cruzar la calle, no hay respeto en el transporte público, no hay exactitud, no hay confianza, sin embargo, esto no se trata de regresar al punto de la negatividad. La idea general es ser un agente de cambio ya que si empezamos por nosotros, es fácil cambiar a uno más. No espero que la idiosincrasia mexicana se modifique en tres minutos ni en un viaje de 56 días pero si pretendo cambiar yo.


Aprendí muchísimo, conocí gente muy valiosa que ahora son parte de mí y, evidentemente, no soy la misma persona que llegó a Budapest el 25 de noviembre de 2012. El objetivo era ese, ¿no?
Por ahora, lo único que puedo decir es Sziastok –adiós a todos– y Köszönöm szépen! –muchas gracias–.

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