Por Elena Campos
Szia!, nem szabad, gyere ide!, köszönöm…
Cuando planeas hacer un viaje al
extranjero, lo primero que te interesa saber es qué idioma hablan, el huso
horario por el que se rige el país, la cultura; infinidad de cosas. Esta
ocasión no fue la excepción. Evidentemente, me di a la tarea de investigar
sobre Hungría. El idioma oficial es el húngaro, una de las diez lenguas más
complejas del mundo. Sin embargo, un porcentaje considerable de la población
habla inglés y alemán. ¡Falso! Muy poca gente habla inglés y los que lo hacen
son jóvenes; he de decir que es más probable encontrar germano-parlantes
–adultos mayores, en su mayoría-. Ha sido bastante complicado y complejo
entender el idioma ya que he de destacar que la gramática, los fonemas, la
escritura y demás son totalmente distintos al español. La primera noche no
dejaba de escuchar Nem szabad –no
está permitido que lo hagas–, Szia!
–¡Hola!–, Köszi –gracias informal– y
podría continuar. No estaba estresada sino lo que le sigue pero mi yo interno
dijo: “Calma… hablan inglés”. Poco a poco he logrado aprender palabras, ideas y
hasta groserías. Diré que existen ciertas palabras –muy pocas- que se asemejan al castellano.
¿Comunicarme con niños húngaros? Es cosa de
otro mundo. En la mayoría de los casos puedo entender la idea general por los
gestos que hacen, de no ser así, mis vocablos se remiten a igen –sí–, nem –no– y nem tudom –no lo sé–; todo depende de la
expresión facial.
Después de veinte horas de vuelo, llego a
Budapest, mi destino final. Mi celular no sirve porque Telcel no tiene una
conexión firme con una gran variedad de compañías europeas. Intento llamar por
teléfono y no logro entender algo. Busco mi maleta y salgo. Encuentro a tres
chicas de AIESEC KVIF esperándome. ¿Qué haces cuando conoces a alguien nuevo?
¡Hi! Das un beso y continúas. Después de un par de días me percaté que debes
dar DOS besos, no uno. Llego a la casa donde iba a dormir mientras empezaba mi
práctica. Sonidos extraños, no lograba distinguir algo. Pasaban mil ideas por
mi cabeza… ¿y si…? Después de un baño, nos dimos a la tarea de salir a visitar
la ciudad de Budapest. HERMOSA. Speechless!
Debo decir que es una de las ciudades que tienen la capacidad de maravillar
tanto al niño de 5 años como al anciano de 80.
¿Sabes? Huele distinto. El Distrito Federal
tiene colores, aromas y ruidos peculiares; Berlín, Praga, Nueva York, Viena y
Múnich también pero ninguna es igual a la otra y he ahí su capacidad de
sorprender. Budapest huele a pan. Sí, huele a mantequilla y a panadería; el
metro, las calles, el tranvía. Es por eso que es reconocida por tener una de
las mejores reposterías/bizcocherías. Evidentemente, como todo el tiempo y me
adapté a una de los hábitos que tienen: untar mantequilla en cualquier cosa.
Después de un par de días, me trasladé a
Biatorbágy, suburbio cercano a Budapest. Tiene una oficina de correo postal –Posta–, una iglesia, una estación de
tren, poco más de 3 mil habitantes y un pequeño mercadillo. En efecto, es
totalmente distinto vivir en los suburbios que en la gran Budapest. Estoy con
una familia húngara que me ha recibido como nunca lo hubiera imaginado. Causa
sensación mi procedencia: ¿México? ¿Qué saben de México? ¿Por qué Hungría?
Parecería una entrevista de trabajo. Es una familia INCREÍBLE a la que debo
agradecerle la hospitalidad, apoyo y cariño brindado. Debo reconocer que no es
lo mismo vivir en un dormitorio estudiantil que con una familia húngara; la
experiencia es totalmente distinta. A mi parecer, más reconfortante la segunda.
Vivo con una familia húngara: vivo como
húngara
En algún momento sentí que conocía ya la ciudad, me sentía parte de ella
y no me causó conflicto alguno el idioma. No sé si era el interés por
experimentar algo distinto o porque en realidad nosotros y ellos no somos tan
diferentes. El dinero me rendía mucho más de lo que debería; un conflicto:
comía todo el tiempo. Exceptuando el jet
lag, no sufrí en absoluto algún tipo de homesickness
o cultural shock. Algo que en
realidad mantenía confundida a mi cabeza era el uso de cinco idiomas al mismo
tiempo. El primer día encontré chicos que hablan alemán, otros inglés, muchos
otros poco inglés, algunos español y un par francés. ¡Ay pero qué presunción!
¡En absoluto! Mi cabeza se mantenía en tal confusión que no lograba mantener
una conversación lineal; es decir, confundía palabras, inventaba otras, intentaba
aprender lo básico de húngaro. Sólo fue cuestión de una semana. He de resaltar
que en algún punto logré entender conversaciones; ellos hablaban en húngaro y
yo respondía en inglés. Peculiar, ¿no? Trataba de encontrar sentido en ese
idioma tan extraño y difícil. Quizás las expresiones faciales y la kinesia me ayudaron a entrar al juego
húngaro. En verdad, no soy espía, no hablo húngaro. Simplemente encontré
relación con el español y en algunos casos con el alemán.
El verdadero cultural shock será cuando regrese a casa y me percate que las
cosas ya no son como solían ser. La gente no espera al cambio de luz para
cruzar la calle, no hay respeto en el transporte público, no hay exactitud, no
hay confianza, sin embargo, esto no se trata de regresar al punto de la
negatividad. La idea general es ser un agente de cambio ya que si empezamos por
nosotros, es fácil cambiar a uno más. No espero que la idiosincrasia mexicana
se modifique en tres minutos ni en un viaje de 56 días pero si pretendo cambiar
yo.

Aprendí muchísimo, conocí gente muy valiosa
que ahora son parte de mí y, evidentemente, no soy la misma persona que llegó a
Budapest el 25 de noviembre de 2012. El objetivo era ese, ¿no?
Por ahora, lo único que puedo decir es Sziastok –adiós a todos– y Köszönöm szépen! –muchas gracias–.
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